Un cuento de Maspalomas. autor Edu Córdoba
Playa de las mujeres sin número
Fragmento……….
El rubio recelaba de los desconocidos cuando le proponían ayudas desinteresadas. Estaba escaldado de tanto trajinar entre gente sin escrúpulo, pues por aquel tiempo, era más fácil engañar a un desvalido, que a un poderoso hombre de negocio, aunque no venga aquí al caso; luego, por eso, con una mueca disipada en su sonrisa, se resistía creer la liberalidad que, de repente, el empleado hacía gala. Pero la proximidad del invierno, y las aparentes buenas palabras del camarero, le hicieron reflexionar; ya que tenía los huesos molidos de dar tumbos a diestro y siniestro, y el cuerpo tullido por la intemperie o la escarcha matutina. Y como no hay en este mundo criatura valiente, que no se achante ante tanto percance, arrimó momentáneamente a un lado su desconfianza, y escuchó atentamente en que deparaba las supuestas buenas intenciones de su salvador.
- Hay no muy lejos de este chiringuito o bochinche, una barraca de obra medio abandonada en la que pernocto con un compañero de trabajo. Estamos provisionalmente instalados en ella, esperando mudarnos a alguna fonda, que como sabes, están abarrotadas en temporada alta, y tardará algún tiempo hasta que se liberen habitaciones. Como el barracón es amplio, dispone de un aposento vacío con un catre libre que podrías ocupar, mientras la barraca sea nuestra morada, después, Dios dirá.
Dijo el camarero a nuestro hombre. El Rubio, sosegado por la perspectiva halagüeña de poder pagar las deudas contraídas en una famosa venta del lugar, y donde solía almorzar los días en que el escaso estipendio, no daba ni para un perecedero mendrugo de pan con queso de cabra, vislumbró una esperanzadora salida a su desgracia. Al parecer, en esa conocida venta le fiaban a menudo, y como a buen pagador no le duelen prendas, estaba ansioso por poner sus cuentas al día, para seguir teniendo crédito, donde siempre tuvo las puertas abiertas. La honra del hombre pobre se basa en su palabra, si la pierde, su cotización personal baja hasta límites insospechados, y él, no estaba para bromas. Así que, miró de frente al camarero y le respondió con buenos modales:
-Me parece que tu invitación es correcta, y agradezco tu generosidad. Tengo la impresión de saber donde se encuentra la barraca de obra que dices, y si mi sentido de la orientación no falla, la sitúo cerca de un hotel magnífico, cuya construcción está interrumpida por motivos medioambientales, y puesto que su cercanía beneficia mis trapicheos (no creo que la actividad del rubio pueda tener otro calificativo), acepto sin paliativos morar en ella, hasta que los astros determinen la duración de mi estancia.
Como puede notarse, la contestación del Rubio fue sincera, y al taimado camarero, rapaz de alto vuelo, pareció agradarle la decisión de nuestro, por ahora, aprendiz de músico callejero con albergue gratis y cena caliente a la vista. Gato encerrado en la oferta del camarero la había seguro, tan seguro como qué, llamarse Corsario de Agua Dulce es hacer el ridículo. El hotel antes referido en este no menos tremendo cuento, por parte de nuestro personaje, se ubicaba en un paraje natural de dunas y matorral autóctono protegido por las leyes de la comunidad; y los camareros de esta historia, pernoctaban en el barracón a cambio de vigilar la grifería, bañeras de lujo, y demás accesorios que aún quedaban por instalar en el susodicho hotel. Además, el trasiego de arena que por la noche había en el lugar, era motivo de preocupación por parte de los asustadizos empleados, que discurrieron reforzarse con alguien más. Y como el Rubio estaba a tiro, lo camelaron con la facilidad que, considerado lector, acabas de percibir, por si no lo habías intuido en las frases o párrafos, que preceden a este breve e ineludible lapsus.
-¡Así es! Has adivinado el emplazamiento de la barraca, y puedes acomodarte en ella cuando desees. Nosotros, solo regresamos para descansar, al término de nuestra tarea diaria, que es agotadora en extremo, pues trabajamos más horas que las que señala el reloj al cabo del día.
Insistió el camarero. Desmesurado a la hora de disertar sobre las labores del negocio, y en voz baja, para que no le oyeran desde el interior del chiringuito, al tiempo que, se despedía del Rubio y reanudaba su tarea.
Satisfecho por el acontecer de la jornada, el Rubio se apresuró en retornar al pie del algarrobo para recoger sus bártulos, y dirigirse hacia la venta, donde reponerse del ajetreo con un exquisito manjar, era su única pretensión. Así fue, como nuestro héroe de poca monta inició un nuevo derrotero, animado ante una nueva perspectiva, y navegando por las aguas turbulentas que anegaban el entorno. Acaso era la única y más noble compostura que el Rubio podía sostener, para perseverar en su peregrina singladura, escorado al limite de sus posibilidades, con el timón de la vitalidad averiado, y achicando el agua turbia de las sentinas. Seguir teniendo fe en sus semejantes, era tal vez el modo más honesto de entrever una salida a su pobreza, y mantenerse a flote contra viento y marea.
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